El título de este post lo tomo prestado de el pabellón de Japón en la última bienal de arquitectura de Venecia, el cual tuve la fortuna de visitar en 2023.
En esa visita a la bienal me sentí parte de algo grande e importante; Me sentí identificada y conectada con mis colegas arquitectos y con todas las personas que han sido de alguna forma u otra, en algún momento, “tocadas” por la arquitectura; Ya sea en un acto simple como visitando espacios (públicos o privados) diseñados, pensados por arquitectos, o en un acto dónde nos involucramos construyendo. En éste último particularmente está comprendida mi experiencia con las cooperativas.
Esta experiencia es sumamente enriquecedora profesionalmente, socialmente, y por lo tanto humanamente. La convivencia en la obra, donde lo aportes de todos cuentan y mejoran el proyecto, a la vez que a todos los que participamos nos transforma y nos mejora como personas. La materialización de la idea, es la confirmación de que una buena arquitectura mejora la calidad de vida de la gente.
El caso de las cooperativas COTRADUR Y COVILAES en Durazno, las cuales se encuentran ubicadas en predios enfrentados, divididos por una calle; Esto llevó desde el inicio a tratar ambos proyectos juntos, aún cuando no existía siquiera la calle; Y fue con ese espíritu con el que se moldeó el proyecto para estas dos cooperativas y ese espíritu se trasladó al período de la construcción, y se continúa hoy con todas las familias que allí viven formando parte de un nuevo barrio y de una comunidad que crece y se fortalece.



